La pasión por el juego es superior a todas las otras, y meses después Dostoievsky regresa a Wiesbaden a buscar una buena suerte que no existe. En su correspondencia y sus diarios deja el autor un patético documento de aquellas jornadas. Vive encerrado en su habitación, y los dueños del hotel se niegan a servirle la comida, pues hace tiempo que no paga ninguna cuenta. Enfermo, solo, desesperado, traza el argumento de una nueva obra: “Quizá lo que estoy escribiendo sea superior a todo lo que he escrito hasta ahora”, confesaba en una carta. Tenía razón. Porque en aquellos días, Fedor había encontrado el germen de Crimen y castigo.
Quizá fueran los aires de Wiesbaden: otros autores concibieron en la villa algunas obras maestras. Brahms escribió allí su tercera sinfonía, que es llamada de Wiesbaden, y Richard Wagner compuso Los maestros cantores. Es curioso que, según él mismo cuenta en sus memorias, a su paso por Wiesbaden, Wagner trató de apartar de su vicio a algunos jugadores que pasaban las noches en blanco ante las mismas ruletas que dieron el pistoletazo de salida a la ruina de Dostoievsky. La labor antivicio del compositor tiene una explicación sencilla: él mismo, en su época de juventud, había sido ludópata. Sucedió cuando era estudiante y participó en una partida de cartas en un mesón de Leipzig: “Permanecí en el mesón por espacio de tres días, porque desde la primera noche el juego me había envuelto en sus redes diabólicas. (…) al cabo de tres meses estaba tan poseído por la fiebre del juego que no alentaba ninguna otra pasión”. La influencia de su madre y su propia voluntad apartaron al autor de un vicio que amenazaba con anular su talento. Pero como no hay nada peor que un converso, Wagner no perdía la ocasión de hacer proselitismo en contra del juego, y muchos jugadores de Wiesbaden se vieron abordados por Herr Wagner, que pretendía que otros aprovechasen su experiencia.
Durante casi toda su vida, el compositor fue un adepto del termalismo: fue huésped frecuente de ciudades como Toeplitz, Kissingen, Marienbad o Albisbrunn, donde tuvo lugar una curiosa anécdota: un médico, el doctor Brunn, estaba empeñado en curar mediante la hidroterapia su mala salud de hierro. Así, preparó para el paciente un complejo programa de actividades: Wagner se levantaba a las cinco de la mañana, y se ponía un maillot empapado en agua helada, en el que permanecía varias horas. Luego, un baño a cuatro grados, seguido de un paseo por los jardines… pero sin secarse. La comida era casi inexistente, el alcohol y el tabaco estaba proscritos… Así, no es raro que el autor definiera aquella experiencia como “una existencia llena de privaciones en una detestable habitación con muebles hostiles”.
En Wiesbaden buscó la paz la emperatriz Sissi tras el suicidio de su hijo. Ella y el emperador Francisco José se instalaron en una de las villas de la localidad para rumiar a solas su tristeza, pero los consejeros imperiales recomendaron otra cosa a la pareja: los rumores sobre la locura de la emperatriz estaban arreciando, y era necesario que se mostrara en público. Sissi fue obligada a pasear por los jardines de Wiesbaden envuelta en sus crespones de luto, y a acudir cada mañana a tomar las aguas y a darse baños para el reuma.
La ciudad de Wiesbaden experimentaría un notable cambio años después de la muerte de Dostoievsky. Ocurrió en 1907, cuando un puñado de nobles rusos decidieron instalarse para siempre en la que había sido una de sus ciudades de veraneo favoritas. Lo cierto es que demostraron un notable sentido de la anticipación al poner tierra de por medio entre ellos y su país natal antes de la Revolución , que hubiese precipitado su salida del país en circunstancias bastante menos cómodas. El caso es que la llegada de aquellos rusos cargados de oro hizo de Wiesbaden el paraíso de los millonarios: sus mansiones sirvieron de imán para otros favorecidos por la fortuna. El lugar se convirtió en una milla de oro, y se ganó el nombre de la Niza del norte.
A sólo 30 kilómetros de la ciudad de Francfort, los habitantes de Wiesbaden presumen de vivir en uno de los lugares más caros del mundo. Después de la Segunda Guerra Mundial, la ciudad tuvo que reciclarse para recobrar el esplendor de otros días, y es posible que la etapa de prosperidad que vive actualmente esté relacionada con la progresiva implantación de algunos consorcios empresariales que, para satisfacción de sus 250.000 habitantes, no parecen perturbar la paz legendaria del lugar. Algunas de las docenas de mansiones que salpican sus bien cuidadas calles han sido adquiridas por banqueros de la cercana Francfort, que han fijado allí su residencia para escapar de la ruidosa metrópoli.
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