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Los Juegos de Dostoievsky 

El escritor ruso Fedor Dostoievsky descubrió en los balnearios europeos el placer de la ruleta. El juego le atrapó y con esta obsesión recorrió las ciudades termales preso de su adicción, un vicio que le llevó a la ruina y que él reflejó en su novela ‘El jugador'.

MARTA RIVERA DE LA CRUZ
EL PAIS SEMANAL - 10-07-2005

Como otros contemporáneos, el escritor Fedor Dostoievsky encontró en los balnearios europeos el camino a los placeres y miserias del juego. Convertido en un ludópata confeso, el autor de Crimen y castigo narró el drama de su vicio en la novela El jugador, que transcurre en la ciudad imaginaria de Roulettenburgo. La villa es una recreación de las ciudades termales en las que Dostoievsky recorrió su particular ruta de la ruina.

Los balnearios de Europa central conocieron su edad de oro durante la segunda mitad del siglo XIX. El germen de las ciudades termales hay que buscarlo siglos atrás, cuando los ejércitos romanos descubrieron los beneficios que tenían aquellas aguas (a veces malolientes) para la salud del cuerpo. Una de las primeras ciudades balneario fue la localidad belga de Spa (que hoy da nombre genérico a los establecimientos termales), pues existe como tal desde el siglo XVI. En Spa, como en otros lugares, las sencillas fuentes de agua carbo-gaseosa empezaron a protegerse con suntuosos edificios, y junto a ellas se levantaron establecimientos hoteleros para dar servicio a los agüistas.

Con el correr del tiempo, las villas se transformaron en verdaderos centros de ocio. Se suponía que eran paraísos salutíferos, pero pronto las aguas y sus efectos benéficos se convirtieron en la base para hacer de los balnearios el epicentro de la vida mundana centroeuropea. Alrededor de las fuentes y los sanatorios se construyeron teatros, hoteles y villas, jardines magníficos y, sobre todo, casinos y salas de juego. La cura termal era la perfecta excusa para justificar un momentáneo alejamiento del hogar. Ningún marido, por celoso que fuera, se extrañaba que su mujer viajase kilómetros en busca de una cura para el reuma o los problemas digestivos, y no había esposa que encontrara extraño el que un padre de familia pasase dos semanas lejos de casa en beneficio de su ciática. Se viajaba a los balnearios para recuperar la salud, para descansar y reponerse, y también para hacer un paréntesis vital entre baños de lodo, sorbos de agua ferruginosa y veladas musicales.

La afición al juego de Dostoievsky se fraguó de forma casi fortuita y durante un viaje por Europa en 1863. Era un autor sólo medianamente reconocido, que luchaba por salir de la penuria y que ya había publicado títulos que hoy se consideran obras maestras –Humillados y ofendidos, Pobres gentes –, pero que entonces sólo servían para sostener malamente la autoestima y el bolsillo del escritor, hambriento de éxito y enfermo de epilepsia.

Fedor viaja desde Moscú a París, donde espera reunirse con su amante, la voluble Paulina Suslova, y pasa unos días en la ciudad balneario de Wiesbaden. Para buscar los orígenes termales del lugar hay que remontarse casi dos mil años atrás, cuando algunas de las 28 fuentes que dan servicio en la actualidad fueron descubiertas por los antiguos pobladores de la villa. Las primeras casas de baños empezaron a funcionar en 1370, y la ciudad vivió durante el medioevo una época de total esplendor. Lamentablemente, dos grandes incendios, en 1547 y 1561, arrasaron los bellos edificios de la urbe, que a raíz del suceso cambió su fisonomía y vivió una segunda belle époque a mediados del siglo XIX, coincidiendo con la popularización del termalismo en Centroeuropa. Fue entonces cuando se construyeron coquetos hoteles y mansiones ajardinadas, parques frondosos y fuentes con surtidores que convirtieron la ciudad, situada a orillas del Rhin, en el mejor lugar para unas vacaciones.

Mucho antes que Dostoievsky, en 1814, Goethe hizo en Wiesbaden una cura de aguas que le dejó muy satisfecho: “Regreso y fresco y joven como no me había sentido en mucho tiempo”, escribió al terminar el tratamiento. Goethe vivía en el lujoso hotel Bären. Pasaba las mañanas tomando baños, y por la tarde, tras almorzar ligeramente en el Kursaal, paseaba por el parque o escribía en su habitación.

Dostoievsky pasaba en Wiesbaden un par de días de reposo antes de continuar viaje a París. Alojado en un hotel sencillo (su economía no le permitía otra cosa), una mañana se inclinó por curiosidad sobre la mesa de la ruleta. Por pura diversión jugó un par de monedas, y el destino quiso que la suerte le sonriera. En unas horas, Dostoievsky cayó víctima de la fiebre del juego. El propio autor describe en una carta a su hermano aquel proceso fulminante que lo convertiría en ludópata: “En Wiesbaden inventé un sistema propio de juego; lo apliqué y de inmediato gané 10.000 francos. A la mañana siguiente, exaltado, cambié de sistema y perdí. Por la noche volví de nuevo a mi sistema, siguiéndolo rigurosamente, y pronto gané de nuevo 3.000 francos. Dime, ¿cómo era posible, después de esto, no entusiasmarse?”. Esa misma tarde, el autor perdió todas sus ganancias, y aun parte de sus reservas para el resto del viaje. Años más tarde, recordando el paso del escritor por Wiesbaden, su hija Alma escribiría: “Allí, mi padre jugó con pasión a la ruleta, fue feliz ganando y experimentó una sensación no menos deliciosa perdiendo”. Sólo la falta de fondos y las cartas apremiantes de Paulina desde París arrancan al escritor de la mesa de juego. Volverá a Wiesbaden, y lo hará para entregarse sin reservas al vicio recién nacido.

Ya con Paulina, el autor se detiene esta vez en la estación de Baden-Baden, la preferida de los aristócratas rusos, que han construido mansiones esplendorosas rodeadas de jardines que rivalizan con los parques públicos, salpicados de estatuas de faunos y de Venus, de grutas románticas y cascadas artificiales. La galería de la fuente –Trinkhalle–, construida por Hübner en 1840, es, por su belleza, el lugar preferido por los visitantes. La armonía de las casas de baños, de estilo neoclásico, atenúa el suplicio de los chorros de agua fría y la ingestión de litros de agua que sabe a podrido.

Baden-Baden se convierte en la meca del juego cuando, en 1809, se inaugura el primer casino. Es un edificio fastuoso, decorado con porcelanas, lámparas de cristal checo y colgaduras de terciopelo. Pero Dostoeivski no reparará en la decoración: sólo quiere jugar. Las horas previas a su llegada le tiemblan las manos ante la perspectiva del contacto con la ruleta. Y Fedor juega, asegurando haber descubierto el secreto del éxito en las apuestas: “Es de lo más simple y tonto: únicamente es preciso ser dueño de uno mismo y, sean cuales sean las peripecias de una partida, evitar quemarse”. Pero el autor juega sin control. Gana a ratos, y eso le lleva a un estado de excitación que le empuja a perder los beneficios obtenidos.

En Baden-Baden, Dostoievsky coincide con otro escritor: el aristocrático Iván S. Turguénev, que como tantos rusos pudientes tenía allí una casa propia. En una carta a su hermano Mijaíl, Fedor cuenta: “En Baden vi a Turguénev (…). En parte es un fatuo. No le he ocultado que juego. Me dio a leer sus Fantasmas, pero yo, a causa del juego, no la leí”. Dostoievsky llegará a pedir dinero a Turguénev para saldar sus muchas deudas. En ocasiones, el escritor ni siquiera responde a sus requerimientos. Otras le envía una parte de la cantidad que ha solicitado: está seguro de que, en cualquier caso, el dinero acabará en la mesa de la ruleta.

Quizá por haber sido testigo de la ruina de muchos, Iván Serguéievich despreciaba profundamente a los ludópatas, y así lo demuestra en su novela Humo, que se desarrolla enteramente en Baden-Baden: “En los salones de juego, en torno de los verdes tapetes, se amontonaban las mismas caras de siempre, con la misma expresión estúpida, avariciosa, consternada, casi feroz, con ese aspecto de ratero que la fiebre del juego presta a las facciones más aristocráticas”.

El mismo escenario, dos prototipos humanos: el frío, correcto y exquisito Turguénev; el pequeño burgués, enfermo y materialmente limitado Dostoievsky. Como telón de fondo, el Baden-Baden de mediados del siglo XIX, los parques por los que paseaban las princesas rusas y los embajadores destinados en San Petersburgo que habían elegido la ciudad como destino de sus vacaciones. A diferencia de Dostoievsky, éstos no iban a Baden-Baden a encontrarse con la fiebre del juego ni la amenaza de la ruina: iban a jugar por diversión, a perder alegremente unas migajas de las fortunas heredadas, a enamorarse, a burlar la vigilancia de los doctores con cenas pantagruélicas y veladas que se prolongaban hasta el amanecer. El edificio del casino –construido por Friedrich Weinbrenner en 1821 y evocado por Alfred de Musset en el poema Una buena fortuna – es el marco de conspiraciones políticas, rupturas sentimentales y dramas menores que se olvidarán de un plumazo en cuanto el viajero regrese al mundo real. Porque eso es el balneario: un particular microcosmos que detiene el reloj, que paraliza la vida. Esa es la clave del singular negocio que supusieron las ciudades termales durante el siglo XIX: el visitante debe tener la sensación de que, mientras permanezca allí, todo lo que necesita (el bienestar material, el espiritual y el físico) está al alcance de la mano.

Baden-Baden recibía cada año la visita de decenas de europeos elegantes. Por allí pasaron Nijinski, Napoleón III y Eugenia de Montijo, Julio Verne o la emperatriz Elizabeth de Austria, la célebre Sissi. De frágil salud y eternamente obsesionada por su figura, Sissi pasaba varias semanas al año en diferentes balnearios europeos. En Baden-Baden, los otros termalistas la veían dando largos y extenuantes paseos a caballo para mantenerse en forma. La emperatriz intentaba huir de los compromisos sociales, pero la presencia de Sissi era un imán demasiado poderoso y las invitaciones se multiplicaban. Cuando el padre del rey de Bulgaria estuvo a punto de provocar un conflicto diplomático ante su negativa a recibirle, Sissi aceptó cenar con él… y no dijo una sola palabra en toda la cena.

Dostoievsky y Paulina Souslova no conocieron esa faceta frívola de la ciudad de su ruina. Sólo salían de su cuarto para entrar en el casino… o en la lóbrega casa de empeños, donde, entre lágrimas, Paulina Suslova tiene que deshacerse de unas cuantas joyas para pagar sus deudas y seguir viaje. La situación de la pareja es insostenible. El poco amor que queda se acaba, Paulina quiere escapar de la miseria y del propio Fiódor. Tras algunos tumbos por otras ciudades europeas, los caminos de ambos se separan. En su regreso a Rusia, el autor hará una breve parada en Hamburgo, que contaba con una sala de ruleta. Dostoievsky juega, pierde y envía cartas desesperadas a media docena de familiares y amigos solicitando auxilio: ha empeñado hasta su reloj para seguir jugando. Con la llegada de algunos fondos, el autor vuelve a San Petersburgo. Allí le esperan los acreedores, una esposa enferma y algunos compromisos laborales cuyos emolumentos ha gastado por anticipado. La muerte de su mujer, la desdichada María Dimitrievna, le llena de remordimientos. Es en estos días cuando acaba de redactar Memorias del subsuelo, donde el protagonista dice de sí mismo: “Soy un hombre enfermo, soy un hombre malo, soy un hombre desagradable”.

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