Juan Rulfo
Juan Rulfo (1917-1986), novelista y cuentista mexicano, nacido en Apulco (Jalisco), escenario de la Guerra Cristera (1926-1929) que había de influir tanto en su vida y en su obra.
En 1919 se estableció con su familia en San Gabriel. En 1923 el padre de Rulfo murió asesinado; un año después el futuro escritor ingresó en la escuela primaria. En 1927 fue enviado junto con uno de sus hermanos a un internado de Guadalajara para que prosiguiera sus estudios. A finales de ese año murió su madre. En 1936, después de tratar infructuosamente de ingresar en la Universidad Autónoma de México, primero en la Facultad de Derecho y después en la de Filosofía y Letras, empezó a trabajar en la Secretaría de la Gobernación, donde conoció al escritor Efrén Hernández. En 1938 empezó a escribir su novela Los hijos del desaliento, que él mismo destruyó por considerarla “una novela autobiográfica llena de divagaciones personales, sin ningún interés literario”, y a colaborar en la revista América; en 1942 publicó dos cuentos en la revista Pan, que formarían parte de El llano en llamas (1953), junto con otros que fueron apareciendo en revistas. En la edición de 1970 se añadieron dos cuentos más, conformando un total de diecisiete, la mayoría de los cuales gira en torno a la vida de los campesinos mexicanos. Comenzó a trabajar para la empresa Goodrich Euzkadi en 1946 como agente viajero y allí inició su notable labor fotográfica. Se casó en 1947 con Clara Aparicio, con la cual tendría cuatro hijos.
Pasó a trabajar en el departamento de publicidad de la Goodrich y dos capítulos de su novela Pedro Páramo (1955) se publicaron en revistas y, luego el libro completo, que fue traducido casi de inmediato al alemán por Mariana Frenk; poco después aparecieron versiones en inglés, francés, sueco, polaco, italiano, noruego o finlandés.
Muchos de sus cuentos han sido llevados al cine y también él escribió guiones, como El despojo, sobre una idea original suya; El gallo de oro (1964) basado en una idea del novelista con guión de Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez; La fórmula secreta (1965), de Rubén Gámez con textos de Rulfo. En 1967, el director Carlos Velo llevó al cine Pedro Páramo, y en 1973 Alberto Isaac realizó el largometraje El rincón de las vírgenes, basado en dos cuentos de Rulfo.
Siempre fue un gran viajero y participó en varios encuentros internacionales. En 1970 recibió el Premio Nacional de Literatura en México y en 1983 el Premio Príncipe de Asturias en España (véase Premios literarios). Murió en 1986 en la ciudad de México.
Gracias a la publicación, en 1994, de los borradores de sus Cuadernos puede advertirse el proceso de escritura en el cual Pedro Páramo se ha decantado de manera parecida a la poesía de César Vallejo, a fuerza de hachazos efectuados sobre el cuerpo mismo del texto, despojándolo de cualquier excrecencia explicativa o hasta narrativa. Si, además, se comparan los distintos borradores de estos Cuadernos con los variados fragmentos que en Pedro Páramo estructuran la novela, se advierte que en ésta la discontinuidad cronológica y anecdótica les da sustento y sirve como contrapeso necesario entre las palabras impresas y el silencio, y también instaura ese espacio sin límites al que se refiere Rulfo, cuando asegura, en una entrevista que, “... los muertos no tienen tiempo ni espacio. No se mueven en el tiempo ni en el espacio. Entonces así como aparecen, se desvanecen”. Pedro Páramo narra la historia de un niño que, atendiendo a la petición de su madre, va en busca de su padre a una región llamada Comala, creación del propio Rulfo, un espacio devastado por la violencia y habitado solo por almas en pena.
El crítico uruguayo Rodríguez Monegal aseguraba en 1974: “Hace quince años era imposible no leer Pedro Páramo a la luz de la entonces vigente disputa sobre criollismo o regionalismo, versus cosmopolitismo”. Polémica que de alguna manera se perpetúa cuando, simplificando, se etiqueta su obra como realismo mágico o se la estereotipa simplemente como novela indigenista. Emparentado con la tradición de la literatura de la Revolución Mexicana (Azuela, Guzmán, Muñoz), luego Revueltas (1943), o Yáñez (1947), sin lugar a duda antecedentes importantes de su obra, Rulfo rompe con esos escritores inaugurando un nuevo lenguaje y una nueva forma novelística.
Cuando Rulfo concluye el proceso a que ha sometido sus textos dejándolos en vilo, consumidos, colindando con el silencio, la muerte se ha despojado también. El crítico mexicano Carlos Monsiváis sintetiza: “En nuestra cultura nacional, Juan Rulfo ha sido un intérprete absolutamente confiable ... de la lógica íntima, los modos de ser, el sentido idiomático, la poesía secreta y pública de los pueblos y las comunidades campesinas, mantenidas en la marginalidad y el olvido ...”. Para Borges, “Pedro Páramo es una de las mejores novelas de las literaturas de lengua hispánica, y aun de la literatura”.
También es digna de mención su actividad como fotógrafo, a la que dedicó mucho tiempo y esfuerzo. En 1980 se inauguró una exposición con su obra fotográfica y un año más tarde se publicó el libro de fotografías Inframundo.
La tragedia de los campesinos del estado mexicano de Jalisco y el protagonismo de uno de sus pueblos, Comala, donde vive “un tal Pedro Páramo”, se transmite en esta obra, una de las grandes de la literatura contemporánea en lengua española. La descripción de la desolación, el tormento y la muerte son algunas de las características de la prosa de Juan Rulfo, una prosa poética y conmovedora. En este fragmento habla Bartolomé San Juan con su hija Susana, la mujer que Pedro Páramo lleva buscando desde su infancia.
Fragmento de Pedro Páramo.
De Juan Rulfo.
—Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de su aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo. Este es uno de esos pueblos, Susana.
»Allá, de donde venimos ahora, al menos te entretenías mirando el nacimiento de las cosas: nubes y pájaros, el musgo, ¿te acuerdas? Aquí en cambio no sentirás sino ese olor amarillo y acedo que parece destilar por todas partes. Y es que éste es un pueblo desdichado; untado todo de desdicha.
»Él nos ha pedido que volvamos. Nos ha prestado su casa. Nos ha dado todo lo que podamos necesitar. Pero no debemos estarle agradecidos. Somos infortunados por estar aquí, porque aquí no tendremos salvación ninguna. Lo presiento.
»¿Sabes qué me ha pedido Pedro Páramo? Yo ya me imaginaba que esto que nos daba no era gratuito. Y estaba dispuesto a que se cobrara con mi trabajo, ya que teníamos que pagar de algún modo. Le detallé todo lo referente a La Andrómeda y le hice ver que aquello tenía posibilidades, trabajándola con método. ¿Y sabes qué me contestó? “No me interesa su mina, Bartolomé San Juan. Lo único que quiero de usted es a su hija. Ése ha sido su mejor trabajo.”
»Así que te quiere a ti, Susana. Dice que jugabas con él cuando eran niños. Que ya te conoce. Que llegaron a bañarse juntos en el río cuando eran niños. Yo no lo supe; de haberlo sabido te habría matado a cintarazos.
—No lo dudo.
—¿Fuiste tú la que dijiste: no lo dudo?
—Yo lo dije.
—¿De manera que estás dispuesta a acostarte con él?
—Sí, Bartolomé.
—¿No sabes que es casado y que ha tenido infinidad de mujeres?
—Sí, Bartolomé.
—No me digas Bartolomé. ¡Soy tu padre!
Bartolomé San Juan, un minero muerto. Susana San Juan, hija de un minero muerto en las minas de La Andrómeda. Veía claro. «Tendré que ir allá a morir», pensó. Luego dijo:
—Le he dicho que tú, aunque viuda, sigues viviendo con tu marido, o al menos así te comportas: he tratado de disuadirlo, pero se le hace torva la mirada cuando yo le hablo, y en cuanto sale a relucir tu nombre, cierra los ojos. Es, según yo sé, la pura maldad. Eso es Pedro Páramo.
—¿Y yo quién soy?
—Tú eres mi hija. Mía. Hija de Bartolomé San Juan.
En la mente de Susana San Juan comenzaron a caminar las ideas, primero lentamente, luego se detuvieron, para después echar a correr de tal modo que no alcanzó sino a decir:
—No es cierto. No es cierto.
—Este mundo, que lo aprieta a uno por todos lados, que va vaciando puños de nuestro polvo aquí y allá, deshaciéndose en pedazos como si rociara la tierra con nuestra sangre. ¿Qué hemos hecho? ¿Por qué se nos ha podrido el alma? Tu madre decía que cuando menos nos queda la caridad de Dios. Y tú la niegas, Susana. ¿Por qué me niegas a mí como tu padre? ¿Estás loca?
—¿No lo sabías?
—¿Estás loca?
—Claro que sí, Bartolomé. ¿No lo sabías?
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