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Vida y obra de:


Jorge Luis Borges
 
Jorge Luis Borges
1 INTRODUCCIÓN

Jorge Luis Borges (1899-1986), escritor argentino cuyos desafiantes poemas y cuentos vanguardistas lo consagraron como una de las figuras prominentes de las literaturas latinoamericana y universal.

2 LA VIDA DE UN CREADOR

Nació el 24 de agosto de 1899 en Buenos Aires. Hijo de un profesor, fue educado en casa, junto a su hermana Nora, por una institutriz inglesa; no fue al colegio hasta 1909. En 1914 el padre, aquejado de una enfermedad ocular heredada de la familia y que también afectará a Borges hasta dejarlo ciego, decidió viajar a Suiza para consultar a un oftalmólogo. La idea era permanecer en Ginebra unos meses, pero en agosto estalló la I Guerra Mundial y la estancia se prolongó durante cuatro años. Borges estudió allí el bachillerato (1914-1918) y perfeccionó el francés, idioma en que se impartían las asignaturas. También estudió, por su cuenta, alemán, armado de un diccionario inglés-alemán. De esa época data su conocimiento de Schopenhauer, a quien siempre admiró. A finales de 1918, los Borges se trasladaron a España, primero a Barcelona y luego a Palma de Mallorca. De allí pasaron a Sevilla, donde Borges se inició en la corriente ultraísta (véase Ultraísmo). En Madrid conoció a Rafael Cansinos Assens, a quien consideró su maestro. En España escribió algunas composiciones de las que abjuraría después, negándose a incluirlas en sus obras completas.

En marzo de 1921 la familia regresó a Buenos Aires. Ese reencuentro, después de varios años de ausencia, causó una profunda conmoción en Borges, que en su Autobiografía comenta: “Aquello fue algo más que un regreso al hogar; fue un redescubrimiento. Fui capaz de ver a Buenos Aires con avidez y vehemencia porque había estado fuera mucho tiempo. La ciudad, no toda la ciudad, por supuesto, sino algunos pocos lugares que emocionalmente me significaban algo, inspiraron los poemas de mi primer libro Fervor de Buenos Aires”. Esa fascinación influyó en la composición de otros libros como Luna de enfrente (1925); Cuaderno San Martín (1929), que recibió el segundo Premio Municipal de Literatura, y Evaristo Carriego (1930). Durante esos años formó un pequeño grupo ultraísta y participó en la creación o redacción de varias revistas más o menos efímeras, como Prisma (1921-1922), Proa (1922-1926) y Martín Fierro. También colaboró en Nosotros, revista de mayor enjundia. De esa época datan sus relaciones con Ricardo Güiraldes, Macedonio Fernández, Alfonso Reyes y Oliverio Girondo.

A principios de la década de 1930, Victoria Ocampo le pidió que entrara a formar parte del comité de redacción de la revista Sur. En casa de esta escritora, en 1932, conoció a Adolfo Bioy Casares, con el que colaboró en diversas ocasiones. Borges también participó en el suplemento literario de La Nación. De 1932 es su libro de ensayos Discusión. Poco después, en un suplemento de la revista Crítica, publicó bajo seudónimo su primer cuento importante, titulado Hombre de la esquina rosada, incluido después en Historia universal de la infamia (1935). A mediados de la década de 1930 empezó a escribir para El Hogar, donde se ocupó de la sección de libros y autores extranjeros, escribiendo reseñas y semblanzas. En 1936 apareció Historia de la eternidad. Un año más tarde entró a trabajar de primer asistente en la biblioteca Miguel Cané, experiencia que le inspiró el cuento La biblioteca de Babel. En 1946, con Perón ya en el poder, se le informó que había sido trasladado a otro departamento y nombrado “inspector de aves, conejos y huevos”. Borges renunció a su puesto.

En 1950 alcanzó la presidencia de la Sociedad Argentina de Escritores, cargo que ostentó hasta 1953. En 1955 se incorporó a la Academia Argentina de Letras y fue nombrado director de la Biblioteca Nacional, cargo que ocupó hasta 1973. A partir de 1955 trabajó como profesor de Literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires. En 1956 recibió el Premio Nacional de Literatura. Hacia 1960 su obra era valorada universalmente como una de las más originales de la literatura hispanoamericana. A partir de entonces se sucedieron los premios y los reconocimientos. En 1961 compartió el Premio Formentor con Samuel Beckett, y en 1980 el Cervantes con Gerardo Diego. Murió en Ginebra, el 14 de junio de 1986.

Sus posturas políticas evolucionaron desde el izquierdismo juvenil al nacionalismo y después a un liberalismo escéptico, desde el que se opuso al fascismo y al peronismo. Fue censurado por permanecer en Argentina durante las dictaduras militares de la década de 1970, aunque jamás apoyó a la Junta militar. Con la restauración democrática en 1983 se volvió más escéptico.

3 LA OBRA

A lo largo de toda su producción, Borges creó un mundo fantástico, metafísico y totalmente subjetivo. Su obra, exigente con el lector y de no fácil comprensión, debido a la simbología personal del autor, ha despertado la admiración de numerosos escritores y críticos literarios de todo el mundo. Describiendo su producción literaria, el propio autor escribió: “No soy ni un pensador ni un moralista, sino sencillamente un hombre de letras que refleja en sus escritos su propia confusión y el respetado sistema de confusiones que llamamos filosofía, en forma de literatura”.

La obra literaria de Borges se divide en tres vertientes, el ensayo filosófico y literario, la poesía y el cuento, al que acaso deba, en mayor medida, su celebridad. No obstante, no siempre resulta fácil deslindar unos géneros de otros; de hecho, en algunos libros como El hacedor (1960) o El oro de los tigres (1972), Borges combinó la prosa con el verso.

Borges se inició en el campo de las letras con tres libros de poesía y varias obras de ensayo. Sus primeros poemas, de temática argentina y verso libre, son más vanguardistas en métrica y lenguaje que sus escritos de años posteriores. Poco a poco, Borges fue incorporando formas de poesía rimada, sobre todo el soneto, del que es un consumado maestro. En su evolución tuvo su parte de importancia, amén de su evolución personal, su progresiva ceguera, que le impidió seguir escribiendo como hasta entonces, tal y como él mismo explica en su Autobiografía: “Como no podía hacer borradores, tuve que apoyarme en la memoria. Es más fácil, obviamente, recordar el verso que la prosa y más fácil recordar la versificación regular que el verso libre. El verso regular es, por decirlo de alguna manera, transportable; uno camina por la calle o viaja en un subterráneo al tiempo que compone y pule un soneto, porque la rima y la métrica poseen virtudes nemotécnicas”. Es, a partir de entonces, cuando empieza a escribir y publicar sus mejores colecciones de versos, El otro, el mismo (1964); Elogio de la sombra (1969); El oro de los tigres (1972); La rosa profunda (1975); La moneda de hierro (1976); Historia de la noche (1977) y sus espléndidas dos últimas colecciones La cifra (1981) y Los conjurados (1985). En todos esos poemarios aparecen algunos temas y motivos recurrentes, también presentes en muchos de sus cuentos, como los espejos, los laberintos, los tigres, el contraste —a su juicio desdichado— entre el glorioso destino de sus antepasados guerreros y el suyo de hombre de letras, el encomio de los aceros y de las espadas, el fervor por la literatura islandesa, la paradoja del tiempo y la identidad personal, la ceguera, la muerte y el horror ante el concepto de inmortalidad.

A finales de 1938, después de sufrir un aparatoso accidente subiendo unas escaleras, escribe un relato que cambiaría el curso de su producción literaria, Pierre Menard, autor de Quijote, incluido por el autor en Ficciones (1944), una de sus colecciones de cuentos más importantes. A partir de entonces, se intensifica su siempre marcado interés por la literatura fantástica. En Ficciones se incluyen algunos de sus relatos más conocidos como La biblioteca de Babel y El jardín de los senderos que se bifurcan. En 1944 publica Artificios, que incluye el celebérrimo cuento Funes el memorioso, basado en sus largas noches de insomnio, y en 1949 aparece quizá su mejor colección de relatos, El Aleph. De 1970 es El informe de Brodie, que incluye uno de sus cuentos favoritos, La intrusa. Otro de sus grandes libros de cuentos es El libro de arena (1975), que se abre con un relato típicamente borgiano, El otro, en el que un Borges ya anciano, sentado en un banco a orillas del río Charles, en Boston, coincide con su propio yo juvenil. Ambos entablan conversación, pero apenas coinciden en sus opiniones: “Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversación de personas de miscelánea lectura y gustos diversos, comprendí que no podíamos entendernos. Éramos demasiado distintos y demasiado parecidos”.

También es digna de mención su actividad como traductor, prologuista (los prólogos de Borges son siempre piezas de alta literatura) y antólogo, así como las numerosas obras escritas en colaboración, en especial los cuentos policiacos firmados con Adolfo Bioy Casares y Antiguas literaturas germánicas (1951) con Cecilia Ingenieros. Con Bioy Casares publicó también una celebrada Antología de la literatura fantástica (1940).

Borges fue un devorador de conocimientos y estudió con detenimiento y profundidad la obra de un gran número de escritores y pensadores, especialmente los de lengua inglesa y los españoles del siglo de oro; entre los primeros se encuentran Chesterton, Joseph Conrad, Robert Louis Stevenson, Rudyard Kipling, Thomas de Quincey, y entre los segundos, Francisco de Quevedo y Miguel de Cervantes, especialmente su Quijote. Así, de todo este rico panorama extrajo no solamente motivos e ideas, sino que incluso rehizo fragmentos apócrifos pasados por su universo literario.

Las ruinas circulares, de J. L. Borges

Este cuento incluido en el libro Ficciones, de Jorge Luis Borges, plantea la idea de un hombre empeñado en soñar a otro hombre y que en definitiva es el sueño de un tercero. Es un claro ejemplo del universo borgiano inquietante y escéptico sobre la realidad de las cosas.

Fragmento de “Las ruinas circulares”, de Ficciones.

De Jorge Luis Borges.

El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.

Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.

A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse, apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.

Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.

Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.

Fuente: Borges, Jorge Luis. Narraciones. Edición de Marcos Ricardo Barnatán. Madrid: Ediciones Cátedra, 1997.
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