Carlos Fuentes
Carlos Fuentes (1928- ), escritor y ensayista mexicano, cosmopolita y polígloto, es uno de los grandes narradores y pensadores de su país.
Nació en la ciudad de Panamá, donde su padre era embajador de México, y, a causa de la profesión de su padre, se educó en diversos países americanos, entre ellos Chile y Argentina, donde conoció a importantes figuras de la cultura, como Pablo Neruda y David Alfaro Siqueiros. Estudió en Suiza y Estados Unidos, aunque la carrera de abogado la realizó en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde conoció al profesor exiliado español Manuel Pedroso, que ejerció una gran influencia en su vocación literaria. En 1950 viajó a Europa y realizó estudios de Derecho Internacional en la Universidad de Ginebra. En Francia conoció a Octavio Paz, cuyos libros Libertad bajo palabra y El laberinto de la soledad ejercieron una enorme influencia en él. Empezó a publicar en la revista Medio Siglo con sus compañeros de generación, Salvador Elizondo, Flores Olea, González Pedrero y Sergio Pitol. Fundó y dirigió con Emanuel Carballo la Revista Mexicana de Literatura (1955-1958) y fue codirector con Luis Villoro, Francisco López Cámara y Jaime García Terrés de El Espectador (1959-1960), una importante revista política.
Fue becario del Centro Mexicano de Escritores (1956-1957) y ha preparado numerosas adaptaciones cinematográficas de obras suyas y de otros autores como, por ejemplo, de Juan Rulfo. También ha colaborado en los principales suplementos culturales y periódicos de México y del extranjero. En 1963 conoció en París a Julio Cortázar y a Mario Vargas Llosa y, un año más tarde, inició su amistad con Gabriel García Márquez, con quien escribió varios guiones de cine. Ocupó cargos administrativos y diplomáticos, y fue embajador de México en Francia de 1975 a 1977. Ha vivido en Europa y Estados Unidos, dictando cursos o representando a México, y ha sido profesor en las más prestigiosas instituciones de México y de otros países: universidades de Columbia, Harvard, Princeton, Brown, Pennsylvania (Estados Unidos) y ocupó la cátedra Simón Bolívar en la Universidad de Cambridge.
Es miembro de El Colegio Nacional desde 1974 y de la American Academy and Institute of Art and Letters desde 1986. En la actualidad colabora en numerosos y destacados medios de comunicación, y sus conferencias e intervenciones televisivas confirman su carisma. Sus obras han sido traducidas a varias lenguas y son constantemente reeditadas.
Desde la publicación de la colección de cuentos Los días enmascarados (1954) empezó a definirse su narrativa y su popularidad: lo fantástico colinda con lo real y empieza a fusionar el mundo prehispánico con el actual. Su primera novela, La región más transparente (1958), lo consagró de inmediato en los medios literarios mexicanos; en ella trata el tema de la ciudad de México en franco futuro apocalíptico, superpone distintas técnicas literarias y diversas clases sociales, así como diferentes épocas y culturas. En Las buenas conciencias (1959) explora otra vena más realista (véase Realismo) y planea una nueva comedia humana mexicana. En su tercera novela, La muerte de Artemio Cruz (1962) —donde adquiere su perfil característico y muestra la asimilación de técnicas modernas, como el monólogo interior y la alternancia de narradores, propias de la literatura estadounidense—, reconstruye cincuenta años de la vida nacional y enjuicia la Revolución Mexicana.
En otros títulos ha continuado trazando un gran fresco de la sociedad mexicana contemporánea: Aura (1962), una narración breve y uno de sus mejores textos, a caballo entre lo histórico y lo fantástico, es una versión singular del eterno tema del vampiro. Otros libros de cuentos son Cantar de ciegos (1964), Chac Mool y otros cuentos (1973) y Constancias y otras novelas para vírgenes (1989). Con sus novelas Zona sagrada (1967) y Cambio de piel (1967) regresa a lo épico y esboza una cosmovisión carnavalesca irreverente. Los ensayos y artículos de la década de 1960 y principios de la de 1970 fueron recogidos en Casa con dos puertas (1970) y Tiempo mexicano (1971).
Terra Nostra (1975, premios Xavier Villaurrutia y Rómulo Gallegos) es una empresa colosal, un trabajo intrincado con el lenguaje y la historia, uno de los textos más atrevidos que se hayan construido en español, en donde entrelaza distintos tipos de ficción y distintos mitos. En La cabeza de la hidra (1978) ensaya una novela policiaca con un tema histórico mexicano; Una familia lejana (1980) se enraíza en la fantasía y en la historia, relacionando varios continentes, diversos niveles de historicidad (el mundo prehispánico) y tradiciones literarias. De esa novela el propio Fuentes ha escrito: “Es una de mis obras preferidas, porque quizá resume mis obsesiones mejor que ninguna otra”.
Escritor muy prolífico, ha publicado, además, Agua quemada (1981), Gringo viejo (1985) —que versa sobre el periodista y escritor estadounidense Ambrose Bierce y que dio lugar a una película producida y protagonizada por Jane Fonda—, Cristóbal Nonato (1987), La campaña (1990), El naranjo o los círculos del tiempo (1993), Diana o la cazadora solitaria (1994), La frontera de cristal, una novela en nueve cuentos (1995), Los años de Laura Díaz (1999) e Instinto de Inez (2001), sobre la relación amorosa entre un director de orquesta y una cantante de ópera. También ha escrito para el teatro: Todos los gatos son pardos y El tuerto es rey (1970) o Los reinos originarios y Orquídeas a la luz de la luna (1982). En 2002 publicó En esto creo, una obra en la que traza su autobiografía intelectual y que le sirve para reflexionar sobre asuntos como literatura, cine, historia, política, amistad o amor, entre otros. Sus publicaciones más recientes son La silla del águila (2003), una novela política escrita en clave epistolar sobre lo que será el México del año 2020; Inquieta compañía (2004), un volumen formado por seis relatos de misterio y fantasía; y Los 68 (2005), una recopilación de tres textos sobre los movimientos estudiantiles de 1968 y sobre la influencia que esa agitación social tuvo en las sociedades occidentales. En 2006 publicó Todas las familias felices, libro compuesto por dieciséis relatos que narran las historias de otras tantas familias con la violencia y el dolor como puntos en común.
Algunos de sus libros de ensayo se han vuelto clásicos, como La nueva novela hispanoamericana, Tiempo mexicano, Valiente mundo nuevo y recientemente El espejo enterrado, todos ellos polémicos textos tanto sobre la literatura y la historia de México y de América, como sobre los problemas y perspectivas de la actualidad del mundo. Carlos Fuentes cuenta con numerosos premios literarios, entre los que destacan: Biblioteca Breve (España, 1967), Rómulo Gallegos (Venezuela, 1974), Xavier Villaurrutia (México, 1975), Alfonso Reyes (México, 1979), Nacional de Literatura (México, 1984), Cervantes (España, 1987) y Príncipe de Asturias de las Letras (España, 1994).
En La región más transparente, su primera novela, Carlos Fuentes ofrece todo un mosaico de personajes y ambientes sociales. Describe las frivolidades de los intelectuales y artistas, o las ilusiones vanas de las familias trabajadoras más humildes, protagonistas todos ellos de la vida de una ciudad, México D.F., “la región más transparente del aire”, en la que, como dice Ixca Cienfuegos, narrador de la novela: “todo se vuelve afrenta”. En este fragmento, Juan Morales, un ruletero (taxista) de la capital, entra acompañado de su esposa e hijos a una casa de comidas de la ciudad, una escena en la que se mezclan diálogos y referencias al pasado, un peculiar estilo narrativo que consagró a su autor.
Fragmento de La región más transparente.
De Carlos Fuentes.
Con la mirada brillante, un rictus de orgullo en la boca, Juan Morales abrió de par en par las puertas de la fonda.
—Pásale vieja, anden chamacos.
Rosa ajustó al pecho su vestido de algodón. Los niños corrieron hacia una mesa desocupada. Juan, contoneándose, pasó por entre los demás clientes. Tiró de su bigotillo recto. Un mesero se inclinó:
—Pasen ustedes, señores. Por aquí.
Pepe y Juanito y Jorge apoyaban las barbas en el mantel, leyendo el menú grasoso, mientras su madre se ajustaba el vestido. Juan tomó asiento y comenzó a juguetear con un palillo de dientes.
—Juan, estos chamacos ya debían estar en la cama. Mañana tienen escuela y...
—Hoy es un día especial, vieja. A ver muchachos, ¿qué se les antoja?
Juan Morales se rascaba la cicatriz rojiza en la frente no es fácil, veinte años de ruletear de noche –si lo sabré yo. Ahí está mi bandera en la frente, como quien dice. Cuánto borracho, cuánto hijo de su pelona: que a Azcapotzalco, que a la Buenos Aires, tres cuatro de la mañana. Y de repente, le sorrajan a uno la cabeza, o hay que bajarse y bajar al cliente, y se acaba con las costillas rotas. Todo por veinte pesos diarios. Pero ya se acabó.
—Bueno, ¿se deciden?
—Mira papá. A esos niños les llevan un pastel.
Eso.
—Juan...
—No te preocupes vieja. Hoy es un día especial.
y luego aquellos que tomaron el coche para llevarlo a una emboscada, para robárselo. Ahí sí que anduve abusado; ahí sí casi me despachan, Rosita. ¿Y de qué me ando azorando? No me lo decía mi padre: “Ay Juan, tú naciste para burro de los demás, para fregarte y cargar con los fardos ajenos. No te olvides de vacilar de cuando en cuando. Haz tu gusto, pero no te hagas tonto: nadie nos pide cuentas de la vida, y se olvidan muy pronto de nosotros”. Pero eso era en la tierra chica; aquí en la capital, hay que andar abusado, o nos comen el mandado.
—A ver mozo: un pollito entero, bien dorado, para la familia. Y pastelitos, de esos de fresa, y con su cremita. Y que vengan a tocarnos los mariachis.
Rosa, siempre sola la pobre. Ni cuando andaba pariendo estuve con ella. Siempre lista, con el café a las siete de la noche, agua para la rasurada a las siete de la mañana (Y las sábanas siempre frías, cuando me metía a dormir en la mañana. Siempre heladas. Como si en vez de gente sólo la noche y la escarcha hubieran dormido ahí. Como si Rosa no tuviera su carne pesada, y su sangre, y su vientre lleno de hombre. Nunca los veía. Ahora sí, ahora ya cambia la cosa).
—¿Qué nos tocan, Rosa?
—Ahi que escojan los niños...
—Juan Charrasqueado, Juan Charrasqueado...
La fonda rumiaba un pequeño olor de chilpotles y de tortilla recién calentada y sedimentos de grasa y aguas frescas. Juan se acarició la barriga. Miró alrededor, las mesas de manteles floreados y sillas de mimbre y los hombres morenos y vestidos de casimir peinado y gabardina aceituna que hablaban de viejas y toros y las mujeres con melenas negras y encrespadas, acabadas de salir del cine, con labios violeta y pestañas postizas. ¿Quién no los estaba mirando, a él y a la familia?
de aquellos campos no quedaba ni una flor
—Juan, no podemos...
—¿Cómo que no? Esto sí lo quise siempre. Una botella de vino, de ese de la etiqueta dorada, ya sabe...
¿qué tal si no voy con el gringo hoy? ¿qué tal si no estoy en el sitio cuando me piden del hotel para todo el día? ¿qué tal si el gringo no me lleva al Hipódromo y me regala esos cuarenta pesos de boletos?
“—Oye mano, ganaste, ándale a cobrar
“—¿Cómo que gané? ¿Qué pasó? Oye, ¿y dónde?
“—Cómo se ve la suerte del principiante
“—Cómo se ve que en tu pinche vida has visto tanto junto...
“—A tu salud, viejecita.
pistola en mano se le echaron de a montón
Rosa dejó caer su gran sonrisa mestiza y se chupó la fresa de los dedos.
Ochocientos pesos. “—Tuvo usted la suerte del principiante. Pero no vuelva por aquí o le pelan hasta la camisa”. ¡Qué iba a volver! Pero iba a ser chófer de día, se iba a acostar a las once y levantarse a las seis, como la gente. Ahora tenía ochocientos pesos, para empezar con suerte, para que le tocaran los mariachis, para calentarle la cama a Rosa.
Fuente: Fuentes, Carlos. La región más transparente. México: Fondo de Cultura Económica, 1960.
Microsoft ® Encarta ® 2008. © 1993--2007 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.