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Vida y obra de:


Adolfo Bioy Casares
 
Adolfo Bioy Casares
1 INTRODUCCIÓN

Adolfo Bioy Casares (1914-1999), escritor argentino, autor de una extensa obra en la que se superponen realidad y fantasía. Fue considerado por Jorge Luis Borges como uno de los más notables escritores argentinos de ficción.

2 VIDA

Nació en Buenos Aires, en el seno de una familia acomodada. En la década de 1920 viajó por Europa y Estados Unidos. Ingresó en la universidad en 1933, donde cursó estudios de Literatura y Derecho, pero abandonó ambas carreras para dedicarse a la Literatura. Se inició desde muy joven con una serie de relatos impregnados de surrealismo. A los 11 años escribió su primera novela, Iris y Margarita, dedicada a una prima de la que estaba profundamente enamorado; tres años después escribiría Vanidad o una aventura terrorífica, un cuento fantástico y policiaco. En 1935 fundó la revista Destiempo junto con Jorge Luis Borges, a quien había conocido en 1932 en la casa de la escritora Victoria Ocampo, con cuya hermana, Silvina, se casaría en 1940. En colaboración con Borges escribió varios volúmenes de literatura fantástica y policiaca, que mezclan observaciones irónicas sobre la sociedad argentina, firmados con diversos seudónimos, como Horacio Bustos Domecq, Suárez Lynch, Lynch Davis y Gervasio Montenegro. Su principal personaje es el detective Isidro Parodi: Seis problemas para don Isidro Parodi (1942), Dos fantasías memorables y Un modelo para la muerte (ambos publicados en 1946), Crónicas de H. Bustos Domecq (1967) y Nuevos cuentos de H. Bustos Domecq (1977). En colaboración con Silvina Ocampo escribió Los que aman, odian, una novela policiaca.

3 OBRA

Tanto en novelas como en cuentos y guiones de películas, Bioy Casares abordó mitos clásicos revividos en la modernidad, aspectos paranormales de la vida y la psicología del amor. Entre sus títulos destaca la novela La invención de Morel (1940), prologada por Jorge Luis Borges, que marca el verdadero inicio de su carrera literaria y que será su obra más famosa y se convertirá en un clásico de la literatura contemporánea. La invención de Morel es una desesperada historia de amor entre dos seres que viven en tiempos y dimensiones distintos; en ella pueden apreciarse las cualidades más sobresalientes de la literatura de Bioy Casares, como su gusto por los argumentos fantásticos, su preocupación por las relaciones humanas y la soledad del individuo, así como la problemática amorosa. Otras obras dignas de mención son Plan de evasión (1945), El sueño de los héroes (1954), Diario de la guerra del cerdo (1969, llevada al cine por Leopoldo Torre Nilsson en 1975), Dormir al sol (1973), La aventura de un fotógrafo en La Plata (1985) y Un campeón desparejo (1993), y sus colecciones de cuentos El perjurio de la nieve (1944), La trama celeste (1948), Historia prodigiosa (1956), Guirnalda con amores (1959), El héroe de las mujeres (1978), Historias desaforadas (1986) y Una muñeca rusa (1991). Publicó parcialmente sus Memorias (el primer volumen en 1994) y el guión de dos películas escritas con Borges: Los orilleros y El paraíso de los creyentes. Bioy Casares murió a los 84 años; sus restos fueron enterrados en el cementerio bonaerense de la Recoleta. En 2001 se publicaron parte de sus diarios íntimos bajo el título Descanso de caminantes.

Entre otros galardones y distinciones, recibió, en 1975, el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores. En 1981 fue nombrado Miembro de la Legión de Honor de Francia y en 1990 se le concedió el Premio Cervantes.

El navegante vuelve a su patria

“El navegante vuelve a su patria”, que forma parte del volumen de relatos Una muñeca rusa, es obra de uno de los grandes escritores de la literatura argentina. En este breve cuento, Bioy Casares se inventa situaciones dentro de otras, mundos dentro de otros mundos, como una muñeca rusa, nombre que da título a la obra.

El navegante vuelve a su patria.

De Adolfo Bioy Casares.

Creo que vi Pasaje a la India, porque en el título de la película estaba mi país. Al salir del cine, tomé el subterráneo –o Metro, como acá lo llaman– para ir a la embajada, donde todos los días trabajo un par de horas. Lo que así gano me permite ciertas extravagancias que dan un poco de animación a mi vida de estudiante pobre. Sospecho que por culpa de esas extravagancias, recaigo últimamente en una suerte de sonambulismo que suele provocar situaciones molestas. Un ejemplo: al recordar el viaje en subterráneo, me veo cómodamente sentado, aunque tengo pruebas de haber permanecido de pie, cerca de las puertas, asido a una columna de hierro y a punto de caer cuando el tren se detiene o se pone en movimiento. Desde ahí miro, con una mezcla de conmiseración y de censura, a un estudiante camboyano, muy mal entrazado, que en un asiento, a la mitad del vagón, dormita con la cabeza reclinada contra el vidrio de la ventanilla. Su pelambre, tan abundante como sucia, deja ver un redondel calvo y arrugado; la barba es rala y de tres o cuatro días. Dormido sonríe, mueve los labios rápida y suavemente, como si en voz baja mantuviera una amena conversación consigo mismo. Pienso: «Parece contento, aunque no hay razón para que lo esté. Vive, como yo, entre europeos hostiles, por más que lo disimulen. Hostiles a quienes juzgan diferentes. En tal sentido los indios tenemos alguna ventaja, por ser menos diferentes; pero a este muchacho, con su traza tan particular ¿quién no le lleva ventaja? Aunque fuera occidental y del Norte, se lo vería como a un representante de la escoria del mundo. Ni siquiera yo, que me considero libre de prejuicios, me atrevería así nomás a confiar en él».

Bajo en la estación La Muette y en seguida me encuentro en la calle Alfred-Dehodencq, donde está la embajada. Por increíble que parezca, el portero no me reconoce y se niega a dejarme pasar. Mientras forcejeamos a brazo partido, el hombre grita: «¡Fuera! ¡Fuera!» varias veces. En una de las últimas, el grito se convierte en un amistoso: «Sour-sday», que en camboyano significa: «Buenos días». Abro los ojos y aún perplejo, veo a mi amigo el taxista, un compatriota, que mientras me zamarrea para despertarme, repite el saludo y agrega: «Tenemos que bajar. Llegamos al barrio». Me incorporo, casi doy un traspié al salir del vagón; sigo al compatriota por el andén, sin preguntar nada, por temor de equivocarme y de que me crea loco o drogado. Antes de subir la escalera, cuando pasamos frente al espejo, tengo una revelación, no por prevista menos dolorosa. Quiero decir que el espejo refleja mi pelambre sucia, mi barba rala, de tres o cuatro días; pero lo que francamente me fastidia es comprobar que también en ese momento muevo los labios y, peor todavía, sonrío hablando solo, como un imbécil.

Fuente: Bioy Casares, Adolfo. Una muñeca rusa. Barcelona: Tusquets Editores, 1994.
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