EL
NIÑO MENDIGO
Fedor Dostoievsky
Este año, en la época
de Navidad, pasaba frecuentemente en la calle ante un niño
de apenas siete años, que estaba siempre acurrucado
en el mismo rincón. Aún volví a encontrarle
la víspera de la fiesta. Con un frío terrible,
estaba vestido lo mismo que en verano, llevando a manera de
bufanda un pedazo de trapo viejo enrollado en torno del cuello.
Mendigaba, hacía la mano, según acostumbraban
a decir los muchachos mendigantes petersburgueses. Son numerosos
los pobres niños a quienes de este modo se envía
para implorar la caridad de los transeúntes, gimoteando
algún estribillo aprendido de memoria. Pero aquel pequeñuelo
no gimoteaba: hablaba ingenuamente, como un pícaro
novato en la profesión. Había también
en su mirada algo franco, lo que hizo que me afirmase en la
convicción de hallarme ante un debutante. A mis preguntas
respondió que tenía una hermana eriferma, que
no podía trabajar: quizá fuese aquello verdad.
Además, ha sido algo más tarde cuando me he
enterado del número enorme de niños que envían
a mendigar de aquel modo cuando los más espantosos
fríos azotan. Si no recogen nada, pueden tener la seguridad
de que al volver a casa se verán golpeados. Cuando
ha logrado reunir algunos kopeks, el pícaro se dirige,
con las manos rojas y entumecidas, hacia la cueva donde una
banda de ropavejeros o de obreros holgazanes, que abandonaron
la fábrica el sábado para no aparecer por ella
hasta el miércoles siguiente, se hartan de comer y
beber, conscientemente. En esas cuevas, las mujeres demacradas
y golpeadas beben alcohol en unión de sus maridos,
mientras chillan, desaforadas, las miserables criaturas que
lactan. ¡Aguardiente, miseria, suciedad, corrupción,
y, ante todo y sobre todo, aguardiente!
Apenas vuelve, envíase al niño a la taberna
con el dinero mendigado, y cuando trae el alcohol, se divierten
con él haciéndole beber un vaso que le corta
la respiración y, subiéndosele a la cabeza,
le hace rodar por el suelo, con gran alegría de los
presentes.
Cuando el niño sea un adolescente lo colocarán
tan pronto como puedan en una fábrica, y habrá
de traer todas sus ganancias a la casa, donde sus padres las
gastarán en aguardiente. Pero, antes de llegar a la
edad en que pueden trabajar, estos muchachos se transforman
en extraños vagabundos. Dan vueltas por la ciudad y
acaban por saber dónde pueden deslizarse para pasar
la noche sin necesidad de volver a sus casas. Uno de estos
bribones ha dormido algún tiempo en casa de un ayuda
de cámart de la Corte; había hecho su cama de
una cesta, sin que el dueño de la casa se enterase
de nada. Claro es que no tardan mucho en robar. Y a veces
el robo llega a convertirse en una pasión, en muchachos
de ocho años, que apenas si se creen culpables de tener
los dedos demasiado ágiles.
Cansados de los malos tratamientos de sus explotadores, se
escapan y no vuelven más a las cuevas donde les pegaban;
quieren mejor sufrir el hambre y el frío, y verse en
libertad de vagabundear por su propia cuenta.
A menudo estos pequeños salvajes no saben nada de nada:
ignoran a qué nación pertenecen, no saben dónde
viven y jamás oyeron hablar ni de Dios, ni del Emperador.
Frecuentemente, se sabe acerca de ellos cosas inverosímiles,
que, sin embargo, son ciertas.